Pertinencia y sentido estructural en la acreditación internacional desde el Modelo “V”
- Red Internacional de Evaluadores SC
- 13 nov 2025
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La acreditación internacional adquiere importancia cuando se comprende como un proceso de investigación evaluativa orientado a determinar la coherencia estructural y funcional de una institución con respecto a su misión, su modelo educativo y su proyecto de desarrollo. Su utilidad no se limita a un reconocimiento externo: contribuye a fortalecer la identidad institucional, a objetivar el estado de sus procesos, a impulsar la mejora continua y a generar confianza social informada sobre la formación que ofrece.

En un entorno global cada vez más competitivo, la evaluación de la calidad educativa requiere instrumentos que articulen diversidad contextual, pertinencia y racionalidad académica. Las instituciones latinoamericanas configuran un sistema regional caracterizado por estructuras, trayectorias y ritmos de desarrollo profundamente distintos. Cada universidad expresa una combinación singular de referentes institucionales, disciplinarios, profesionales y sociales que no puede ser homogeneizada sin perder precisión interpretativa.
“Medir no es comparar: es comprender la distancia entre lo que somos y lo que podemos ser”
En este marco, la adopción acrítica de modelos externos conduce a diagnósticos parciales y a interpretaciones reduccionistas del desempeño académico. La evaluación útil exige metodologías capaces de reconocer la heterogeneidad constitutiva de las organizaciones universitarias y de traducirla en criterios propios, congruentes con su historia, su proyecto formativo y sus condiciones de posibilidad.
Así, la pertinencia se materializa en:
Relación con las necesidades del estudiante: Se enfoca en los intereses y formas de aprendizaje de los estudiantes y las características concretas de los egresados.
Adecuación social y cultural: Toma en cuenta las tradiciones locales, las prácticas culturales positivas y las necesidades de la comunidad para que la educación sea relevante en su entorno.
Conexión con el mercado laboral: Se alinea con las expectativas de empleabilidad y las competencias requeridas por los empresarios y la sociedad en general.
Base para la calidad: Es un elemento fundamental de la calidad educativa, ya que asegura que el aprendizaje tenga un propósito y sea útil.
Alineación con la visión institucional: Debe estar en sintonía con la misión y visión de las instituciones educativas para cumplir con su cometido y responder a los retos actuales.
Desde esta perspectiva, la pertinencia se convierte en el eje articulador de todo proceso de evaluación y acreditación. Como señala el Dr. Jorge González González, presidente de la Red Internacional de Evaluadores (RIEV), “todo análisis institucional debe partir del reconocimiento de la singularidad organizacional y de la relación ética entre equidad, cobertura y calidad”. Esta postura asume que la calidad se construye internamente y que la institución es un sistema dinámico en permanente alteración, capaz de aprender de sus tensiones, transformaciones y discontinuidades.
El Modelo “V” de Evaluación–Planeación formaliza esta visión mediante una plataforma epistemológica y metodológica que coloca en el centro al autorreferente institucional. Este autorreferente es la representación ontológica de la identidad universitaria: describe quién es la institución, cómo se ha configurado, qué principios orientan su proyecto educativo y hacia dónde dirige su desarrollo. En él convergen los criterios histórico–contextuales y los conceptual–metodológicos que permiten comprender la estructura, la función y la intencionalidad institucional.
A partir de esta base se definen parámetros los indicadores paradigmáticos, instrumentos fundamentales del Modelo “V”. A diferencia de los estándares —mediciones fijas diseñadas externamente— los paradigmas son referentes dinámicos que emergen de la identidad institucional. Cada indicador paradigmático expresa un ideal estructural; cada indicador de estado describe el nivel de cumplimiento observado. La diferencia entre ambos delimita la brecha de mejoramiento, entendida como un vector de desarrollo que orienta la toma de decisiones.
“Medir no es comparar: es comprender la distancia entre lo que somos y lo que podemos ser”, afirma González. Bajo esta lógica, evaluar la calidad implica analizar la coherencia entre la intención y la acción, entre el proyecto institucional y las evidencias que produce en su funcionamiento cotidiano.
La acreditación, en consecuencia, se concibe como un proceso dialógico entre pares que investigan la madurez estructural de una universidad a partir de su propio marco de referencia. No constituye un fin en sí mismo, sino una oportunidad para fortalecer la conciencia institucional, refinar los procesos formativos y consolidar una cultura evaluativa basada en la responsabilidad académica y la ética profesional.
Cuando la acreditación se sustenta en investigación evaluativa y en indicadores paramétricos propios, se transforma en un mecanismo de aprendizaje colectivo. La calidad deja de percibirse como un sello externo y se convierte en una práctica viva, sostenida por la capacidad de la institución para comprender su identidad, proyectar su desarrollo y actuar con consistencia estructural frente a los desafíos de su entorno.
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